En 2017 escribí sobre el Canvas de Osterwalder, esa plantilla que obliga a poner en una sola hoja cómo se sostiene un negocio: qué ofreces, a quién, por qué canales, con qué costes y qué ingresos. En su día lo escribía pensando en startups tecnológicas. Nunca imaginé que años después lo aplicaría, de forma bastante literal, a un estudio de arquitectura.
Porque esa es una conversación que en arquitectura casi no se tiene. Se estudian años de estructuras, normativa e historia del arte, y prácticamente nada de cómo facturar un proyecto, fijar honorarios con criterio o decidir qué tipo de encargos conviene aceptar y cuáles no. Con Klic Arquitectos me ha tocado aprender esa parte a base de ensayo y error, y reconozco que la mentalidad de mi etapa de emprendedor —esa manía de cuestionarlo todo con números delante— me ha ahorrado más de un susto.
Un estudio de arquitectura vive, al final, de las mismas preguntas que cualquier otro negocio: quién es tu cliente real, qué necesita de ti más allá de los planos, cómo te diferencias de otros estudios que compiten por el mismo encargo, y cómo haces que los números cuadren sin que la calidad del proyecto se resienta. Ninguna de esas preguntas la responde un programa de CAD. Las responde sentarse, como con cualquier Canvas, a mirar el negocio de frente.
Si te interesa esta mirada más empresarial aplicada a la arquitectura, puedes seguir explorando en Arquitectura o repasar mis reflexiones más clásicas sobre negocio en Emprendimiento.
