Por qué un estudio de arquitectura también necesita un modelo de negocio

Por qué un estudio de arquitectura también necesita un modelo de negocio

En 2017 escribí sobre el Canvas de Osterwalder, esa plantilla que obliga a poner en una sola hoja cómo se sostiene un negocio: qué ofreces, a quién, por qué canales, con qué costes y qué ingresos. En su día lo escribía pensando en startups tecnológicas. Nunca imaginé que años después lo aplicaría, de forma bastante literal, a un estudio de arquitectura.

Porque esa es una conversación que en arquitectura casi no se tiene. Se estudian años de estructuras, normativa e historia del arte, y prácticamente nada de cómo facturar un proyecto, fijar honorarios con criterio o decidir qué tipo de encargos conviene aceptar y cuáles no. Con Klic Arquitectos me ha tocado aprender esa parte a base de ensayo y error, y reconozco que la mentalidad de mi etapa de emprendedor —esa manía de cuestionarlo todo con números delante— me ha ahorrado más de un susto.

Un estudio de arquitectura vive, al final, de las mismas preguntas que cualquier otro negocio: quién es tu cliente real, qué necesita de ti más allá de los planos, cómo te diferencias de otros estudios que compiten por el mismo encargo, y cómo haces que los números cuadren sin que la calidad del proyecto se resienta. Ninguna de esas preguntas la responde un programa de CAD. Las responde sentarse, como con cualquier Canvas, a mirar el negocio de frente.

Si te interesa esta mirada más empresarial aplicada a la arquitectura, puedes seguir explorando en Arquitectura o repasar mis reflexiones más clásicas sobre negocio en Emprendimiento.

8 años después: qué queda de aquel blog de emprendedores

8 años después: qué queda de aquel blog de emprendedores

Entre 2016 y 2017 escribí aquí más de treinta entradas seguidas, casi una a la semana, sobre modelos de negocio, estrategia y ese vértigo particular de montar algo desde cero. Luego el blog se quedó parado casi ocho años. No fue porque perdiera el interés por esos temas, sino porque la vida —y el trabajo— tiraron con fuerza hacia otro lado: la arquitectura, primero como oficio, después como estudio propio con Klic Arquitectos.

Releer ahora esas entradas antiguas es un ejercicio curioso. Hay cosas que firmaría hoy palabra por palabra, y otras que suenan a alguien más joven que todavía no sabía bien de qué hablaba. Por eso las he dejado tal cual están, marcadas como lo que son: un archivo histórico de una etapa concreta, no una foto de mi presente. Lo que sí ha sobrevivido casi intacto es la cabeza inquieta que las escribió: la misma que ahora graba vídeos sobre construcción, sigue de cerca la actualidad del sector inmobiliario, y no puede evitar aplicar herramientas de análisis empresarial a un estudio de arquitectos.

Lo que ha cambiado, sobre todo, es el terreno de juego. Aquellas entradas hablaban de emprender en abstracto; hoy tengo un estudio con encargos reales, plazos reales y clientes reales, además de menciones de prensa y algún que otro premio que puedes ver en Prensa y menciones. Ya no es teoría de servilleta, es la gestión del día a día de Klic Arquitectos.

Esta web sigue siendo mi rincón personal, el paraguas bajo el que caben todas estas versiones de mí: el que escribía sobre startups, el que hoy diseña casas, y el que en algún vídeo de YouTube explica por qué cierto acabado no compensa. Si quieres saber más de cualquiera de esas facetas, tienes Sobre mí, Arquitectura y Emprendimiento para elegir por dónde empezar.

De la teoría del Océano Azul a diseñar casas: lo que me llevé del emprendimiento a la arquitectura

De la teoría del Océano Azul a diseñar casas: lo que me llevé del emprendimiento a la arquitectura

Hace casi diez años escribí aquí sobre la estrategia del Océano Azul: la idea de dejar de competir a codazos en un mercado saturado (el «océano rojo») y buscar, en cambio, un espacio propio donde la comparación directa con la competencia deje de ser la única vara de medir. En ese momento hablaba de negocios en general, con la cabeza puesta en startups y modelos de facturación. Hoy, al frente de Klic Arquitectos, me doy cuenta de que aquella idea no se quedó en la teoría: es, sin haberlo planeado del todo, bastante parecida a cómo he terminado entendiendo mi oficio de arquitecto.

La arquitectura residencial tiene su propio océano rojo: presupuestos ajustados al límite, plazos imposibles y una competencia que a menudo se libra solo por precio. Se puede vivir ahí, pero es agotador y deja poco margen para hacer bien las cosas. Lo que aprendí en mi etapa de emprendedor —y que hoy aplico sin llamarlo «estrategia» en el día a día del estudio— es a preguntarme primero qué necesita de verdad cada cliente y cada proyecto, antes de encajarlo en un molde ya conocido. A veces la diferencia no está en el qué, sino en el cómo: en cuidar el acompañamiento durante la obra, en explicar bien las decisiones técnicas, en no vender humo con renders imposibles.

También heredé del emprendimiento una manía que a algunos compañeros de profesión les puede resultar rara: contar el proceso en abierto. Por eso sigo grabando vídeos explicando decisiones de obra que en otro estudio se quedarían solo en una reunión interna. No es una táctica de márketing calculada, es simplemente la misma cabeza inquieta de siempre: la que en 2017 escribía sobre modelos de negocio y que ahora encuentra el mismo placer explicando por qué un pasillo mal resuelto es tirar el dinero.

Si te interesa cómo ha evolucionado esta forma de trabajar, puedes ver en qué ando ahora en Arquitectura, o repasar de dónde vengo en Emprendimiento.