Hace casi diez años escribí aquí sobre la estrategia del Océano Azul: la idea de dejar de competir a codazos en un mercado saturado (el «océano rojo») y buscar, en cambio, un espacio propio donde la comparación directa con la competencia deje de ser la única vara de medir. En ese momento hablaba de negocios en general, con la cabeza puesta en startups y modelos de facturación. Hoy, al frente de Klic Arquitectos, me doy cuenta de que aquella idea no se quedó en la teoría: es, sin haberlo planeado del todo, bastante parecida a cómo he terminado entendiendo mi oficio de arquitecto.
La arquitectura residencial tiene su propio océano rojo: presupuestos ajustados al límite, plazos imposibles y una competencia que a menudo se libra solo por precio. Se puede vivir ahí, pero es agotador y deja poco margen para hacer bien las cosas. Lo que aprendí en mi etapa de emprendedor —y que hoy aplico sin llamarlo «estrategia» en el día a día del estudio— es a preguntarme primero qué necesita de verdad cada cliente y cada proyecto, antes de encajarlo en un molde ya conocido. A veces la diferencia no está en el qué, sino en el cómo: en cuidar el acompañamiento durante la obra, en explicar bien las decisiones técnicas, en no vender humo con renders imposibles.
También heredé del emprendimiento una manía que a algunos compañeros de profesión les puede resultar rara: contar el proceso en abierto. Por eso sigo grabando vídeos explicando decisiones de obra que en otro estudio se quedarían solo en una reunión interna. No es una táctica de márketing calculada, es simplemente la misma cabeza inquieta de siempre: la que en 2017 escribía sobre modelos de negocio y que ahora encuentra el mismo placer explicando por qué un pasillo mal resuelto es tirar el dinero.
Si te interesa cómo ha evolucionado esta forma de trabajar, puedes ver en qué ando ahora en Arquitectura, o repasar de dónde vengo en Emprendimiento.
